Nunca es tarde
Se ha roto mi última relación. Y puede que con "última" no me refiera sólo a la más reciente. Ya veremos. Se estuvo rompiendo lentamente hasta que, finalmente, voló en partículas subatómicas. Aún estoy dando vueltas sobre mí misma sin ganas ni esperanza de buscar la explicación adecuada para calmar mi espíritu. La rabia que me acompaña es tan fiel y fuerte que puedo contar con ella para salir de este momento infame. No es el sistema más zen, pero es lo que tengo más a mano para neutralizar esos impulsos de autocastigo; y también funciona para evitar el instinto de escarbar en la herida y salir como loca a gritar culpas. Revisar qué pasó es un ejercicio que ahora no me puedo permitir. Además, ya sé qué pasó. Pasó que la profecía se cumplió. Y no voy a pagarle a alguien para que me diga que una relación disfuncional requiere de bla, bla, bla. A esta edad que tengo yo. Con hijos, divorcios, duelos variados y fracasos aún en digestión, ...