Un ladrillo

 No sé muy bien qué día es. Voy a mirarlo, espera.

Se veía venir. Se dejaba sentir. Se olía como huelen los que se van a morir.  Y pasó.

Extrañamente, no fue con mucho ruido. Fue rápido, rotundo y doloroso por innegable, no por agónico. 

Nos quedamos los dos un poco perplejos, creo yo. Aunque, la verdad es que ya no podré decir nunca más que sé lo que está pensando. 

Parecía una discusión como las otras: previsible, monótona, anodina, basada en hacer la reconstrucción de lo que se ha dicho… así como en espiral… y de repente, como quién no quiere la cosa, le dije: “Avancemos, lo que me acabas de decir es claro y parece muy honesto”.

 – Dices que tú eres así, y que esto es lo que hay. Que no hay más, ¿Es así?

– Sí – me dijo.

– Pues no me gusta lo que hay. 

Nos miramos completamente asombrados de haber dado tan rápido con la respuesta.  

– Entonces está muy claro, X. Si no puedes dar más y a mí no me gusta lo que das, no tenemos mucho más que decir.

– Yo te quiero, pero siempre estás enfadada.

– Es porque no me gusta lo que hay.

– ¿Qué quieres hacer? – me increpó.

– Lo único que se puede hacer–, le dije conteniendo la lágrima que ya asomaba insolente pese a mis órdenes. 

– ¿Terminamos?

– ¿Por qué me lo estás preguntado a mí?, ¿por qué, otra vez, lo dejas en mi mano?

– No, no está en tu mano–. Era la primera vez que me lo decía él. 

Por un momento breve se acobardó, no quiso dar el paso. – Hablemos en unos días, mejor–.

– No, no voy a hablar contigo en unos días. Si rompemos, te vas y no nos vemos más. 


Algo nos pasó por un instante no mayor a un par de respiraciones pesadas. No queríamos decirlo. Tal vez era sólo que no queríamos verlo tan descarnado. 

Es feo darse de cara con el fin de una pasión. Comprobada por los actos, por las palabras dichas con tanta naturalidad y soltura. Así, simples, sin ansias ni afanes vengadores. Me dolió como una pequeña aguja que se entierra en el medio de la yema del dedo índice. 

– Debe ser que nos queremos. Aunque ya no queramos más algo nos impide decirlo por su nombre. No nos atrevemos– Solté al aire.

Se levantó para irse. Llegó hasta la puerta de la calle, la abrió y volvió. Pero no volvió hasta mí. Volvió sólo hasta la mitad del pasillo. Se apoyó en el muro y me miró desde lejos.

(¡Joder qué lejos!)

Yo me veía horrible. Recién duchada, con la cara enrojecida, los ojos irritados, aún hinchada por el sueño. (Las mañanas nunca me han gustado).

Repetimos, casi palabra por palabra el diálogo anterior y al llegar al “No me gusta lo que hay, no me sirve”. Dijo: 

– Me voy a ir–. Y se fue.

Me quedé mirando el gato chino con su movimiento tranquilo, sin fin aparente, imperturbable e hipnótico.  Un día hasta este gato se va a romper, pensé. 

Entraba el sol de mediodía y me dolían los ojos de tanta verdad. Esa verdad ordinaria y tan corriente que me avergonzaba un poco. 

No había manera de ponerle poesía a esta situación que de tan irrebatible era vulgar. Nada la hacía especialmente triste, especialmente emocionante, o especialmente dramática. Era una especie de ladrillo que cae de una obra que nunca llegó a estar terminada. 


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